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La madera, una piel con muchas vidas

Durante siglos, la madera de los bosques de estas sierras suponía el principal sustento para numerosas familias. La madera se cortaba, se descortezaba y se trasladaba con mulos y bueyes hasta los ríos, donde comenzaba su viaje aguas abajo. Aunque esta actividad ya se practicaba desde la Edad Media, fue con la construcción de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla y las necesidades de la Armada cuando adquirió una dimensión más organizada, especialmente tras la creación de la Provincia Marítima.


En el siglo XIX las cortas fueron más puntuales, destinadas principalmente a los mercados cercanos y a los ríos Guadalimar y Guadalquivir. Más tarde, la llegada del ferrocarril volvió a impulsar la explotación de los pinares, sobre todo por la necesidad de madera para fabricar traviesas. Tras la Guerra Civil, la reconstrucción de la red ferroviaria provocó una última gran época de trayectos de la madera en viajes desde las sierras hasta la estación de Linares-Baeza.


El proceso era largo e involucraba a varios oficios. Primero, el hachero derribaba los árboles marcados. Después el pelaor se encargaba de quitarles la corteza y las ramas. Los arrojaores arrastraban los troncos hasta los cargaderos, mientras arrieros y carreteros los llevaban hasta los aguaderos. Allí, al llegar el otoño, comenzaba la conducción por el río a cargo de los pineros. Ellos guiaban la madera con largas varas terminadas en ganchos en cuadrillas de más de cien personas con distintos rangos. Era un trabajo duro y colectivo, profundamente ligado al ritmo de las estaciones y al propio curso del agua.


El bosque ofrecía además otros recursos. Los resineros extraían la resina de los pinos, utilizada después para fabricar productos como brea, barniz, jabón o aguarrás. También se destilaban esencias, y tenía especial importancia la siega del espliego, la lavanda propia de estas montañas. Así, entre hachas, animales, ríos y aromas de resina y espliego, el bosque fue durante generaciones un lugar de trabajo, encuentro y supervivencia.


Los árboles del bosque tenían otros usos más allá del tratamiento y transporte de su madera. Con las ramas más gruesas y de los troncos se hacía carbón vegetal, que después se vendía en los pueblos. Las ramas más finas se reunían en haces de leña, una tarea que muchas veces recaía en las mujeres y en los jóvenes. Eran trabajos humildes y duros, ligados a la vida cotidiana y a un monte que proporcionaba, casi sin desperdicio, todo aquello que podía aprovecharse. Si la madera tenía mucha resina, los pegueros la convertían en alquitrán. La madera de enebro la trabajaban los miereros.


Los artesanos también sacaban provecho de la madera de los bosques del Parque Natural. Los carpinteros la convertían en muebles, sillas y enseres para las casas. Los aladreros, por su parte, daban forma a carros y herramientas destinadas al campo y al propio trabajo del monte. De esta forma, la materia prima que se acababa transformando en un sinfín de objetos que facilitaban la vida de los locales.
 

Lo que el tiempo se llevó

Había otros oficios que no dependían en exclusiva de la madera. Por ejemplo, era bastante común el uso de pozos de nieve. En estos pozos, protegidos por pequeñas construcciones que evitaban la entrada del calor, se almacenaba la nieve durante el invierno para transformarla y conservarla como hielo. La nieve se colocaba en capas, se prensaba hasta formar bloques compactos y se cubría finalmente con materia vegetal y tierra arcillosa. De este modo podía conservarse durante los meses cálidos y venderse en verano. Para evitar que se derritiera, el hielo se manipulaba al caer la tarde o durante la noche. Aún quedan restos de estos pozos cerca de Siles y junto al castillo de Segura.


Los caleros se encargaban de conseguir la cal. Este material de construcción otorga a las casas ese tono blanco tan característico de los pueblos y aldeas del Parque Natural. Por las montañas todavía pueden encontrarse restos de antiguas caleras. Para el proceso, se excavaban hornos en el suelo, alternando capas de piedra caliza y grandes cantidades de leña. El fuego permanecía encendido durante unos cinco días y, si el proceso se había realizado correctamente, la piedra quedaba convertida en cal.


En la actualidad, la mayoría de estos oficios se han perdido. Solo los más ancianos recuerdan el arte de la transformación de la madera o el almacenamiento del hielo. Sin embargo, algunos municipios apuestan por mantener vivo el eco del pasado. Por ejemplo, Siles celebra cada año, desde 1997, el Concurso de Hacheros Segureños. Por otra parte, la apicultura ha experimentado un resurgir en el Parque gracias a la extensa variedad de flora con más de 200 especies de plantas.

Los peluseros

En algunas zonas muy reducidas del Parque Natural, se mantiene residualmente la administración el oficio de los peluseros. Consiste en la recolección del liquen de los pinos, la unión entre un hongo y un alga en la corteza, que los locales llaman pelusa. Este fenómeno natural tiene un uso cosmético como estabilizador de perfumes. Es una actividad de larga duración, en la que los peluseros se adentraban durante semanas en el bosque para trepar a los pinos en busca del preciado liquen.
 

naturaleza

El pastoreo, un oficio que sigue el ritmo de las estaciones

Los rebaños son una parte fundamental del paisaje del Parque Natural. Históricamente han sido el principal pilar económico y cumplen la función de controlar y regular la vegetación. Gracias a los pastores, personas con mucha disciplina y paciencia, se conserva un conjunto de saberes y habilidades tales como la paridera, el esquileo o la trashumancia.


Ser pastor exige mucho más que conducir un rebaño. Los pastores cruzan extensas praderas bajo el sol del verano y la nieve del invierno. Saben cuándo partir, dónde encontrar agua y pastos, cómo cuidar una oveja o reconocer los cambios del tiempo con solo un vistazo al cielo.


La oveja de raza segureña es la seña de identidad del pastoreo en las sierras. Reconocida con la Indicación Geográfica Protegida Cordero de las Sierras de Segura y La Sagra, se adapta muy fácilmente al clima y al relieve. La actividad ganadera de esta oveja se concentra en Santiago-Pontones.


La vida de los rebaños sigue el ritmo de las estaciones. Cada año, parte del rebaño abandona temporalmente las montañas de Segura y comienza un largo descenso hacia los pastaderos de Sierra Morena, en busca de pastos favorecidos por un clima más benigno. Con la llegada de la primavera, los pastos de las tierras bajas empiezan a agotarse y el camino se hace de nuevo en sentido contrario. Los rebaños regresan a sus agostaderos de la sierra, donde la hierba comienza a crecer verde y tierna.


Estos trayectos siguen la ruta de las vías pecuarias, caminos usados desde la Edad Media por generaciones de pastores y rebaños. Para atravesar los caminos de entre 150 y 300 kilómetros, los pastores tardan una semana o incluso diez días. Cada jornada supone largas horas caminando, vigilando continuamente el ganado y haciendo frente a las imprevisibles condiciones meteorológicas. Al llegar la noche, el descanso puede ser en una tinada, en un descansadero o simplemente bajo el cielo abierto.


El Parque Natural Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas forma una extensa red de caminos de unos 741 kilómetros y más de 2.200 hectáreas de superficie. El estado de conservación de las vías es desigual, pero en sus trazados permanece la memoria de humanos y animales recorriendo juntos la montaña.

madera

El medioambiente habla y el Parque escucha

Aunque el aprovechamiento de la madera sigue siendo la principal actividad económica del Parque, se ha visto considerablemente reducida para garantizar la protección del medioambiente. En la actualidad se prioriza la sostenibilidad ambiental al beneficio económico, pero los productos que se fabrican tienen un mayor valor añadido.


En la actualidad se está apostando por el aprovechamiento de los residuos del bosque y de la poda del olivar. Hay empresas dedicadas a la limpieza y conservación de los montes. El turismo deportivo en el Parque lo sustentan las actividades cinegéticas como la caza y la pesca, y en menor medida las micológicas, centradas en la recolección de setas.