Iglesia de la Magdalena
Al frente de las obras en esta fase constructiva estuvieron Francisco del Castillo “El Viejo” y Domingo de Tolosa. En 1547 Andrés de Vandelvira y Juan de Maeda tasaron las obras ejecutadas por Castillo y Domingo de Tolosa, centradas fundamentalmente en el levantamiento de la capilla mayor y el primer tramo del templo. Es la primera noticia documentada sobre la intervención de Andrés de Vandelvira en esta iglesia, cuyo planteamiento inicial será cambiado por este maestro hacia 1559. Los cambios introducidos por Vandelvira afectaron a los tramos restantes: se igualan las naves en anchura y altura, entre los contrafuertes se sitúan capillas, las nervaduras iniciales de las bóvedas se cambian por baídas, los pilares, con semicolumnas y retropilastras corintias, son ahora cruciformes y con una modulación más clásica, a semejanza de los empleados en las catedrales de Baeza y Jaén.
Los trabajos a pie de obra estuvieron, entre otros maestros, bajo la dirección de Castillo “El Viejo”, pero en 1564 el contrato que este maestro cantero tenía suscrito con la iglesia fue traspasado a su hijo Francisco del Castillo “el Joven”, relacionado desde 1555 con la construcción. Castillo “El Joven” siguió las directrices marcadas por Vandelvira, el cual visitó Huelma en 1569 y 1570 para tasar las obras. En 1575, año de la muerte de Andrés de Vandelvira, la fábrica estaba bastante avanzada, pero quedaban por terminar algunas bóvedas y los exteriores con las portadas, la sacristía y la torre de campanas. Ahora figura como maestro mayor de la fábrica Francisco del Castillo “El Joven”, que estará al frente de la misma hasta su muerte en 1586. Bajo su supervisión se labraron la bóveda central, con un programa escultórico finalizado por Marcos Hernández en 1584, y otras cinco decoradas con motivos geométricos propios del manierismo, destacando la tercera decorada además con las armas del prelado giennense Francisco Sarmiento de Mendoza (1580-1595).
Las tres últimas bóvedas ya no son de piedra, sino de ladrillo, y fueron rematadas después de la muerte de Castillo junto con la sacristía, cuya disposición en “L” nos recuerda la solución planteada por Vandelvira en las dependencias de la catedral de Jaén. Los exteriores, obra de Castillo “el Joven”, presentan uno de los alzados más elegantes construidos en el siglo XVI dentro de la arquitectura religiosa andaluza. Castillo “El Joven” introduce en estos exteriores modelos de la arquitectura civil tomados de los tratados de arquitectura de Sebastián Serlio. El ritmo de este alzado está marcado por las pilastras corintias colocadas en los dos pisos, por los ventanales adintelados con frontones triangulares y por la portada, destacando la del sur, igualmente adintelada y coronada por gran frontón triangular y flanqueada con hornacinas. Heráldica, mascarones, guirnaldas, molduradas cornisas y otros elementos del repertorio manierista completan la belleza del conjunto, finalmente ultimado ya dentro del siglo XVII con una gran torre de campanas, en cuyo segundo cuerpo luce el escudo del obispo Moscoso y Sandoval (1619-1646). El templo de Huelma -como apunta Rafael López Guzmán- “muestra perfectamente la evolución estética que se produce en el Reino de Jaén durante el siglo XVI; además de contar, en su realización, con los maestros más sobresalientes del momento”.
OTRAS MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS NO ARQUITECTÓNICAS
Del importante conjunto de bienes muebles que este magnífico templo fue adquiriendo a lo largo de los siglos, apenas queda nada, pues fueron totalmente destruidos en la pasada Guerra Civil (1936-1939). Sabemos documentalmente que en la capilla mayor había un buen retablo trazado a fines del siglo XVI por Sebastián de Solís, que contó con la colaboración del escultor Cristóbal Téllez y del ensamblador Blas Briñón. Hoy dicha capilla luce un retablo pintado por Juan Almagro (Pegalajar, 1886-1965), siendo de mérito una talla de un Resucitado. De cierto valor es un lienzo de escuela granadina de la Inmaculada Concepción, obra anónima del último tercio del siglo XVII.
Declarado Monumento el 5 de junio de 1981, este templo del siglo XVI en la provincia de Jaén es uno de los ejemplos más notables de la arquitectura religiosa de la época. Bajo la dirección de Diego de Siloe, maestro mayor de la catedral de Granada, se construyó una planta inicial con una capilla mayor rectangular, tres naves con bóvedas góticas y pilares cuadrados sobre basamentos coronados con entablamentos. Destacados artistas como Francisco del Castillo el Viejo, Andrés de Vandelvira y Francisco del Castillo, el Mozo, también participaron en su ejecución. A mediados de siglo, se incorporaron elementos clásicos del Renacimiento, y las fachadas sur y norte siguen un esquema similar, con una torre de cuatro cuerpos adosada a la fachada oeste. Este templo ha sido declarado Bien de Interés Cultural.
Data del siglo XVIII, levantada en los tiempos de la colonización. Tiene una sencilla portada con estrecha entrada de arco de medio punto peraltado y encima una espadaña-campanario que cierra en hastial.
Data del siglo XVIII y fue la primera parroquia edificada en las Nuevas Poblaciones. Su fachada de trazado simple, está construida en piedra arenisca roja. Presenta una pequeña portada con arco de medio punto, tres pequeños huecos a media altura y una espadaña de aspecto colonial.
En su interior, destaca la talla de la Inmaculada Concepción realizada por el escultor jiennense Jacinto Higueras (padre), así como su altar mayor, que fue traído desde la Iglesia de San Nicolás en Úbeda.
Data del siglo XVIII y fue la primera parroquia edificada en las Nuevas Poblaciones.
Se inició en el siglo XIII con la semántica propia del Gótico, en los siglos siguientes se configuró la mayor parte de la fábrica según la lexicografía artística del Renacimiento y finalizaron las obras en el siglo XVIII en estilo barroco.
Su nave es rectangular, estructurada en cinco tramos que separan arcos formeros apuntados sobre semipilares, y está cubierta con techumbre de madera de par e hilera a dos aguas. El lado derecho presenta cuatro capillas cubiertas con medio cañón.
La que acoge a la patrona, la Virgen del Campo –el grupo escultórico que forman María y el Niño es del siglo XX–, tiene su acceso a través de un arco de medio punto sobre pilares con pilastras cajeadas con capiteles con ovas y dardos. En el lateral izquierdo se aloja una capilla-hornacina con arco de medio punto.
El presbiterio tiene testero plano, está cubierto con medio cañón con lunetos y se accede a él a través de un arco toral de medio punto sobre pilares con entablamentos. A los pies del templo están la torre, el coro en alto y la puerta. La torre es renacentista, construida con sillería, de base cuadrada, cuenta con huecos para campanas y se cubre a cuatro aguas.
Merecen destacarse, además, sus dos portadas también renacentistas, situada una, la más valiosa, en el lado del Evangelio, y la otra a los pies. Su porche, de construcción muy posterior, es significativo en cuanto que supone la inserción de un elemento de arquitectura popular.
El más significativo de los bienes culturales de Génave es la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción.
Su portada no está en línea con la calle, sino que se desplaza hacia atrás, propiciando una falsa plaza de forma elíptica como espacio urbanístico de respeto. La fachada, que no hace concesiones a la ornamentación, es de magnífica sillería y presenta pilastras en las esquinas. Con una perfecta simetría, el cuerpo central consta de arco de medio punto enfatizado por un entablamento dórico-toscano coronado por frontón y dos grandes nichos también flanqueados por pilastras. En el segundo piso se abren cuatro grandes óculos. La espadaña, incorporada tardíamente, subraya que la iglesia debe ser el edificio oficial de mayor altura del municipio. Interiormente su planta, de una sola nave, es rectangular y se cubre con bóveda de medio cañón que descansa sobre falsos arcos de medio punto con molduras geométricas. La cabecera es plana y el coro se sitúa a los pies.
El edificio más significativo de Carboneros es su iglesia parroquial, dedicada, como tantas otras de la misma época, a la advocación de la Inmaculada Concepción. El templo, levantado en el último tercio del siglo XVIII, presenta un gran empaque arquitectónico dentro del más puro estilo neoclásico. Representa, pues, la nueva tipología de la arquitectura de la razón, que tiene como referencia la adecuación entre la funcionalidad pura y la geometrización de la forma. La severidad funcional de sus formas se adecúa además perfectamente al gusto por la volumetría desnuda.
Se accede a ella a través de un arco apuntado enmarcado en ladrillo visto y sobre él encontramos tres vanos de arcos de medio punto. En la fachada podemos encontrar un azulejo con la Imagen de La Inmaculada cubierto con un tejaroz de cerámica vidriada.
La torre campanario se divide en dos cuerpos, el primero alberga el reloj y el segundo lo ocupa el campanario enmarcado por una moldura y cubierto con un tejado a cuatro aguas.
Su construcción data del siglo XX, aunque fue restaurada a mediados de los años 50. En el altar mayor están los dos patronos del pueblo, San Francisco y La Inmaculada y, en un lateral, una talla de la Sagrada Familia.
Construida en 1769, presenta una fachada típica de los poblados de colonización del siglo XVIII. Cuenta con una sencilla portada neoclásica coronada por frontón que estiliza al máximo sus líneas rectas. Sobre ella se alza una airosa espadaña que tiene la particularidad de articularse en dos cuerpos: en el inferior se abren dos huecos gemelos para voltear campanas, mientras que el cuerpo superior, con un solo hueco de campana, va perdiendo grosor para culminar en un frontón triangular que, a su vez, acoge una minúscula campana.
La novedad del templo reside en que los lados del rectángulo de su planta se quiebran en forma de punta de sierra en sus laterales -con vidrieras iconográficas con figuras humanas y de santos-, mientras que en el frontal alternan las líneas rectas con las circulares y en la entrada se forma un triángulo para sobre él aposentar la torre.
El suelo es de terrazo; el altar, de granito; la torre, de ladrillo visto; la madera tiene presencia en la techumbre; y una gran cruz preside la fachada principal
Para completar el aspecto medieval que otorgan a Peal de Becerro sus torres mocha y del reloj, los restos de los muros de la cerca y el centro histórico de urbanismo orgánico, con calles empedradas y viviendas unifamiliares de dos alturas y huecos asimétricos y desiguales provistos de macetas y flores, hubiera sido deseable que se conservara su templo originario. Pero este desapareció y sobre su solar se construyó en 1969 la iglesia parroquial de la Encarnación, con proyecto trazado y dirigido por Francisco Gutiérrez de Cabiedes.
El elemento originario es su nave rectangular cubierta por una bóveda de medio cañón que descansa sobre arcos fajones que, a su vez, descargan sobre estribos. Muy posterior es el presbiterio, al que se accede por arco toral de medio punto, y cuyo testero plano recibe luz por ventanas con forma de trébol. Exteriormente, en el lateral derecho, a los pies, se levanta una espadaña con dos cuerpos, el inferior con dos vanos con arco de medio punto y el superior con un solo hueco de campanas. Sin embargo, lo más destacado de la parroquial es la portada, renacentista como la nave, comprendida entre verticalizados estribos. En el arco de medio punto una pequeña cartela enfatiza la clave y las enjutas contienen placas triangulares. Las jambas, en cambio, son lisas y las flanquean columnas acanaladas con capiteles corintios. El entablamento tiene arquitrabe doble y, por encima de él y de los jarrones de piedra de los extremos de la cornisa, se aprecia un llamativo medallón, sobre cartela apergaminada, con un relieve de la Virgen sedente con el Niño en las rodillas y un querubín a los pies.
Si el Palacio de los Benavides es el más significativo artísticamente de los bienes culturales civiles en contraste con la pobreza estética y la simplicidad arquitectónica del Ayuntamiento, la representatividad religiosa la ostenta la iglesia parroquial de la Encarnación. Sus proporciones son discretas; su construcción se inició en el siglo XVI, pero el crecimiento demográfico a partir del último tercio del siglo XVIII precisó un largo proceso de ampliación que se consumó a lo largo de todo el siglo XIX.