Colegiata de Santa María de los Reales Alcázares
Declarada Bien de Interés Cultural en 2014, la cisterna de La Calderona en Porcuna (Jaén) es un depósito de agua de la ciudad romana de Obulco, que se presupone vinculado a una infraestructura hídrica del municipium, posiblemente unas termas públicas. En la época del Imperio romano, el crecimiento de la extensa ciudad amurallada llevó a cubrir la zona con grandes pilares de piedra sobre los que se asentaron nuevas construcciones, comenzando así lo que se convirtió en su sepultación definitiva.
En la guerra civil española la cisterna sirvió como refugio antiaéreo. De manera fortuita, se produjo entonces un hallazgo que puso a los expertos sobre la pista de la infraestructura original: al bajar al subsuelo para protegerse de los bombardeos, los vecinos observaron que los pozos que tenían en sus casas formaban parte de una estructura más compleja.
Después de una larga y compleja restauración, la cisterna actualmente en funcionamiento se ha abierto al público. Para acceder a la cota del depósito, la intervención requirió, en primer lugar, levantar un edificio de nueva planta, que sirviera como centro de recepción de visitantes e integrara a su vez la rampa helicoidal de bajada con 100 metros suspendidos, que no tocan los restos arqueológicos. Para ubicar la nueva construcción se aprovechó un área vacía, situada en uno de los márgenes de la carretera más cercana, de forma que no se vieran afectadas las casas emplazadas sobre el conjunto romano. De esta forma, la búsqueda de un acceso a la cisterna acabó generando como añadidos además de la nueva construcción, un puente que atraviesa la calle de San Marcos y un túnel que pasa por debajo de las viviendas.
El proyecto, dirigido por el arquitecto Pablo Millán, está basado en la interrelación de realidades opuestas y que, frente a la complejidad, propone un discurso sustentado en la sencillez de una arquitectura limpia, geométricamente precisa que no entre en conflicto con la arquitectura patrimonial, presente tanto en la cisterna romana como en todas las edificaciones domésticas aparecidas durante la intervención arqueológica. Frente al espacio bajo rasante, oculto, en el que no entra la luz, se plantea un nuevo espacio claro y diáfano por el que el visitante transita, estableciendo un diálogo entre el patrimonio arqueológico y la arquitectura contemporánea.
Se trata de un complejo hidráulico subterráneo con más de dos milenios de antigüedad, situado en el municipio de Porcuna. Redescubierto accidentalmente por uno de los habitantes de las casas contemporáneas situadas sobre él y utilizado durante la guerra civil como refugio antiaéreo, en origen fue un gran depósito de agua público con varios caños de recogida de aguas pluviales y tres pozos de captación. Su construcción, mediante muros y pilares atirantados de sillares ciclópeos que soportan la cubierta arquitrabada con enormes losas de calcarenita local, la hace única y singular a todos los niveles.
La catedral de Jaén, obra maestra de Andrés de Vandelvira y fuente de inspiración para la construcción de muchas catedrales en Hispanoamérica, es considerada una de las obras más notables del Renacimiento en Andalucía de ahí que hace unos años se iniciara el proceso para conseguir su declaración como Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Declarada Bien de Interés Cultural el 3 de junio de 1931. Jaén se convirtió en nueva sede episcopal en 1248, a poco de su conquista por Fernando III. Siguiendo la tradición de ocupar el espacio de una mezquita, consagrándolo, la primitiva catedral mantuvo la estructura de aquélla durante más de un siglo hasta la segunda mitad del s. XIV en que el obispo don Nicolás de Biedma decide construir un nuevo edificio, ya gótico, de cinco naves y un claustro al lado norte, ya que por el sur corría la muralla. Cien años después flaqueaba esta construcción y se emprende una nueva fábrica, en torno a 1492, en el episcopado de don Luis Osorio, dentro de la corriente del gótico flamígero o último, se supone que con trazas de Enrique Egas, pero su verdadero artífice es Pedro López y Diego Martínez hasta que en 1525 se derrumbara el cimborrio sobre el crucero, que puso fin al proyecto medieval.
En 1548 se decide la reanudación de las obras, pero ahora bajo el nuevo estilo al “antiguo” o “romano” entonces imperante. A tal fin son consultados los arquitectos Jerónimo Quijano, Pedro Machuca y Andrés de Vandelvira, siendo este último el que se quedara como Maestro Mayor a partir de 1553 hasta su muerte en 1575. Durante este tiempo sólo se realizarían las dependencias auxiliares: Sala Capitular, Sacristía y Bóveda Panteón más el Archivo y Biblioteca en planta alta, que ocupan el bloque lateral de la cabecera en el ángulo suroriental. Aunque parezca poco, sin embargo es lo suficiente para condicionar el esquema del desarrollo del cuerpo basilical de la iglesia al dejar también planteado el alzado del muro de la nave sur. Dicho esquema consistía en una planta de tres naves, todas a igual altura, separadas por pilares cruciformes, según el modelo de la catedral de Granada, que conforman una estructura modular cubierta con bóvedas vaídas. Lo más original será el alzado del muro, donde cada uno de los módulos subdivide el gran arco que lo forma en otros dos a la altura de la planta principal, para dar origen a sendas capillas, y abriendo en la mitad superior ventanas correspondientes a estancias y galerías, que recorren todo el templo, más los grandes ventanales o claristorio en el tímpano del gran arco en forma de “serlianas”.
Este esquema, absolutamente vandelviriano, fue continuado por su aparejador y fiel colaborador, Alonso Barba, hasta finales del siglo, si bien con pareceres de otros arquitectos como Francisco del Castillo, Juan Bautista Villalpando y Lázaro de Velasco, que poco variaron. Después se interrumpen las obras por falta de medios hasta que en 1635 se emprenden de nuevo, bajo el impulso del obispo don Baltasar de Moscoso y la dirección del arquitecto Juan de Aranda Salazar. Esta fase comprende hasta 1660, fecha en que se consagra la nueva catedral, cuando se había realizado el tramo que va desde la cabecera hasta el crucero, cuya cúpula es traza de Aranda. Una tercera fase, emprendida en 1667 por los pies, será dirigida por el discípulo de Aranda, Eufrasio López de Rojas, quien diseña la fachada, luego concluida por su continuador al frente de las obras, Blas Antonio Delgado, quien remata las torres a principios del s. XVIII. La última fase se emprendería en 1736 bajo la dirección del salmantino, José Gallego y Oviedo del Portal, y afecta al tramo comprendido entre la fachada y el crucero, centrándose su intervención en la construcción del coro, acaso la parte más disonante con el proyecto renacentista. Por último, Ventura Rodríguez, ultimaría algunos detalles para su terminación y sobre todo diseñaría la magnífica Capilla del Sagrario, como templo anejo, en el lado noroccidental, en perfecto equilibrio con el opuesto de la Sacristía, en un estilo barroco clasicista romano, finalizado por su sobrino Manuel Rodríguez, justo en 1800.
De la catedral gótica quedan como testigos el friso con cardinas, motivos zoomorfos fantásticos que corre por el tercio inferior del muro exterior de la cabecera, dispuesto así por Juan de Aranda, y una escalera de caracol en la capilla del lado norte de la cabecera. El resto del alzado exterior de la catedral debe su mayor parte a los diseños de Juan de Aranda, a excepción de la fachada, en parte, y del bloque de la Sacristía y portada meridional del crucero, evidentemente vandelvirianas. Los muros de estas dependencias auxiliares son muy sobrios al igual que los vanos que se abren en ellos, siendo de destacar el tondo con el escudo episcopal de don Francisco Delgado sostenido por “putti” renacentista de excelente talla, en el muro de la sacristía y el escudo de la catedral, que da a la lonja. En este punto, la galería alta en esquina, a modo de mirador, con arcos de medio punto, aligera el compacto muro. Bajo ella se abre la portada meridional del crucero, dedicada a la Asunción, en orden dórico y jónico, típica composición de Vandelvira con columnas pareadas y cerrada por un frontón triangular. A destacar en este muro sur un gran reloj de sol del siglo XVII.
La portada norte del crucero, también muy clásica, pero con mayor relieve y ornamentación que la del lado opuesto, es obra de Juan de Aranda hecha en 1642.
La fachada, considerada por la crítica como una de las primeras grandes fachadas barrocas de España, aunque de diseño definitivo de López de Rojas, de 1667, quedó en lo estructural planteada por Aranda; esto es, sus tres puertas con pares columnas entre ellas. El orden gigante, compuesto, y el retranqueo del cuerpo superior, que deja un paso a modo de balcón entre las torres, se inspira en la basílica de san Pedro de Roma y en la iglesia de El Escorial, respectivamente. En conjunto, se trata de un gran retablo en piedra, donde al tema de la Asunción, protagonista, sobre la puerta central, se unen las de los santos patronos de la ciudad: San Miguel y Santa Catalina, en las laterales; San Pedro y San Pablo, a izquierda y derecha, señalando los ejes del Evangelio y la Epístola, y coronando los ejes columnarios los cuatro Evangelistas y los cuatro Padres de la Iglesia (San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio), auténticos “pilares” de la Iglesia, y en el centro el rey conquistador, Fernando III, todos en barroco y teatral movimiento, debidos a la mano de Pedro Roldán y su taller. Entre San Fernando y la Asunción, subrayando la importancia del eje central, se sitúa el relieve del Santo Rostro, imagen objeto de peregrinación, que se guarda en esta catedral, y que se mostraba en días señalados desde el balcón central sobre el que está.
Interiormente, la catedral de Jaén destaca por la armonía entre todas sus partes, premisa fundamental de la belleza renacentista; un espacio calmo y luminoso tan sólo alterado por el excesivo tamaño del coro en proporción al resto y sus formas protuberantes; obra barroca, como se ha dicho, pero cuya sillería interior es en gran medida la primitiva de 1519-1526, tallada por el flamenco Gutierre Gierero y Jerónimo Quijano, entre otros maestros. El trascoro es de mármoles de colores embutidos, tan al gusto andaluz del siglo XVIII.
Por lo demás en las capillas y alzado en general no se advierte diferencia pese a las distintas fases de su construcción a lo largo de doscientos años. Las tres capillas más amplias, de un único hueco, corresponden a la cabecera, siendo la Mayor la del centro o del Santo Rostro, por guardarse allí la que se considera reliquia de la Faz, o “vero imago”, de Cristo, Además se adorna con cuadros, copias de la Colección Real, realizadas por Sebastián Martínez a mediados del siglo XVII. Las piezas auxiliares, son como se ha dicho, lo primero en realizarse de la nueva catedral. De ellas la primera en concluirse fue la Sala Capitular, paralela a la cabecera, con entrada desde la capilla de Santiago. Se terminó en 1556. La sala, de planta rectangular se cubre con bóveda de cañón y en su alzado, muy plano, se sucede en todo el derredor el motivo de arco triunfal romano de arco entre pares de pilastras, en orden jónico, ocupando el testero un original retablo de pintura, muy italianizante, obra de Pedro Machuca y su hijo Luis, cuyo tema iconográfico principal es la figura de San Pedro de Osma. Contigua a ella, pero perpendicular en eje, la Sacristía, tal vez sea con justicia la pieza estrella de la catedral y una de las obras maestras de Vandelvira, terminada poco después de su muerte. Aquí, a diferencia de la anterior sala, el alzado es todo protuberancia con pares de columnas dispuestas en fondo sobre las que cabalgan arcos de distinta luz en ritmo alternante. Se cubre también con cañón, pero con arcos en su base a modo de cerchas, que repiten en paralelo el ritmo de los inferiores. Tiene su entrada la sacristía desde un vestíbulo que comunica con el crucero de la iglesia y sirve de distribuidor, tanto para la acceder a la sacristía como para subir a los pisos altos y descender a la Cripta por sendas escaleras bajo la forma estructural de una gran “serliana”, en cuyo hueco central se exhibe una copia a escala de la célebre custodia de asiento renacentista, desaparecida, de Juan Ruiz “el Vandalino”.
La Cripta o Panteón de Canónigos, reproduce los tres espacios de la planta principal (Vestíbulo, Sacristía y Sala Capitular) en un alarde de técnica constructiva en piedra (estereotomía) sin apenas parangón en la arquitectura española. A la misma entrada sorprende la forma abarcante del gran arco que cobija a otros tres desiguales, como los de la Sacristía, enlazados por un óculo, todo transparente para llevar luz a un subterráneo. En la sala principal, que funciona como capilla, la bóveda “plana”, es otro prodigio estereotómico, con potentes nichos laterales que penetran en la bóveda, quedando bien iluminada por una luz de bodega procedente de unas ventanas a ras de suelo en la calle.
En cuanto al templo del Sagrario, proyecto de Ventura Rodríguez de 1764, que vino a sustituir a otro anterior de Juan de Aranda maltrecho tras el terremoto de Lisboa (1751), su planta oval con su gran cúpula de casetones octogonales, que tanto recuerda al San Andrés de Bernini en Roma, es otra soberbia respuesta de continuidad en el dominio del arte de la cantería de impecable ejecución, excepto en los ángeles de la base de la bóveda, obra del francés Verdiguier, de mediocre factura. Igualmente magnífica desde el punto de vista de su construcción en piedra es la amplia cripta, con entrada directa a la calle por la Plaza de San Francisco.
Lunes a sábado: 10:00 - 15:00 y 17:00 - 20:30. Domingos: 10:00 - 11:30 y 16:00 - 20:30.
Catedral de la Natividad de la Virgen (antes, San Isidoro). Bien de Interés Cultural. Monumento. Declarado 03/06/1931. Baeza fue la primera sede episcopal que tuvo Jaén, a raíz de su conquista por Fernando III en 1227. Es muy probable que, según la tradición, la catedral se instalara en la mezquita principal; primero, sencillamente, consagrándola (lo que ya debió hacer Alfonso VII en 1147, cuando estuvo Baeza por poco tiempo en manos cristianas; de ahí su primera advocación de San Isidoro. Repitiéndose la operación con Fernando III, ahora bajo la advocación de la Natividad) y después derribándola y construyendo sobre ella un nuevo edificio. Hasta el momento no han aparecido restos arqueológicos de edificación musulmana.
La actual catedral se compone de un cuerpo basilical de tres naves y un claustro, distinguiéndose en toda ella cuatro fases constructivas al menos: La más antigua corresponde a los pies y comprende la fachada occidental y el primer tramo abovedado del interior, oblicuo con respecto al eje de la iglesia. Una segunda, entre finales del siglo XIV y el XV, que afecta a parte del muro norte y torre; la Capilla de los Biedma, a los pies, adelantada a la fachada occidental, y el claustro, en su parte meridional con las cinco capillas y la portada exterior. La tercera, en torno a 1530- 1550, comprende desde la cabecera hasta el crucero, y finalmente la última fase, entre 1567 y 1590, desde el crucero hasta los pies, más la portada norte o de la Natividad.
Salvo los testigos medievales, la transformación renacentista que domina en la actual catedral se debe a Andrés de Vandelvira, a quien corresponde la concepción espacial, si bien con diferencia de lenguaje entre los dos tramos de la cabecera y el resto. Al morir el maestro en 1575, la obra es seguida por su fiel colaborador, Alonso Barba, y por Francisco del Castillo, a quien puede pertenecer el diseño de la gran bóveda del crucero, en tanto que la portada septentrional, hoy la principal, sería de Juan Bautista Villalpando.
El espacio vandelviriano viene definido por el empleo de pilares cruciformes con medias columnas adosadas y trozo de entablamento sobre el que voltean los arcos fajones y formeros que configuran las bóvedas de tipo vaídas, tan características de Vandelvira, con que se cubre todo el espacio. Un espacio diáfano al no tener las naves nada más que estos soportes por separación, sin diferencia de altura entre ellas, y una iluminación generosa irradiada desde la parte superior de los muros laterales gracias a las elegantes ventanas en forma de “serlianas” (dintel, arco, dintel), que crea esa atmósfera calma y equilibrada tan del gusto clásico renacentista.
Al exterior, el volumen de la iglesia configura poderosamente la Plaza de Santa María, amplio espacio en el que se reunía a los pies de las gradas del templo el Concejo Abierto de la ciudad en el s. XIII. La torre, con su airoso cuerpo de campanas octogonal, renacentistas, aunque reconstruido a mediados del pasado siglo, por haberse derruido en 1862, es un potentísimo hito visual para un ámbito municipal muy amplio, que hasta siglo XVI alcanzaba hasta Sierra Morena.
La parte más antigua, el tramo de los pies, lo ocupa el cuerpo prismático de la torre y la capilla de los Biedma o de las Ánimas, que data del siglo XV tardío, según se aprecia en la ornamentación de su portada principal de arco apuntado con arquivoltas y hojas de cardina y la de la sacristía adjunta, que presenta arco conopial y florón al gusto del gótico “flamígero” o último. El espacio, amplio, se cubre con una gran bóveda de nervios en cuya clave va el escudo de la familia Biedma.
Al lado de esta, en el muro meridional, se abre por el contrario la última de las capillas construidas: la Capilla Dorada, fundada en 1598 por don Cristóbal Molina y su hijo, Pedro Muñiz de Molina, deán que fue de la catedral de Lima, en cuyo patronato fundacional está su cuñado Lorenzo de Cabrera, de ahí que Cabreras y Molinas sean los escudos de su portada. Esta, al igual que el interior, es suntuosa por su ornamentación, de temática funeraria, en la línea del clasicismo renacentista tardío dominante en Jaén y muy vandelviriano.
La parte inmediata a los pies hasta el crucero, la más moderna, levantada tras un derrumbamiento que hubo en 1667, presenta los pilares más sencillos, sin pedestal, con columnas de orden corintio con elementos antropomorfos. En la nave central estuvo el coro, del siglo XVII, desmembrado y distribuidos los respaldos de las sillas en las capillas laterales formando retablos, al igual que la caja del órgano y otros elementos del trascoro.
Las bóvedas vaídas llevan una decoración de veneras en la nave central y otros motivos geométricos. Más espectacular resulta la gran bóveda del crucero, terminada en 1593, una pseudocúpula que desarrolla unas grandes superficies a modo de pechinas donde van las figuras de los evangelistas.
El tramo de la cabecera, primera fase de la nueva catedral, presenta pilares más complejos y capiteles de excelente talla con figuras y elementos fantásticos; las bóvedas son vaídas, pero de nervios, lo que Vandelvira denomina “enjarjadas”, una de ellas con linterna. Carece de las bellas “serlianas” de la otra fase, por lo que resulta más oscuro y arcaizante el espacio. Por el contrario se concentran aquí las mejores capillas renacentistas, sobre todo las tres de la nave del Evangelio. La primera a partir del crucero es la de Santiago, de un clasicismo tardío, pero muy fiel a los modelos de Vandelvira. La segunda, la de San José, igualmente vandelviriana, excepto en el remate, destaca por sus magníficas tallas en piedra de San Pedro y San Pablo, así como los relieves. También la última, la de San Miguel o de los Arcedianos, de piedra policromada, es la única documentada como de Vandelvira, siguiendo un esquema compositivo inspirado sin duda en los alzados de la monumental Capilla de los Benavides, en San Francisco de la misma ciudad. Aquí su retablo es barroco, del siglo XVIII, como el lienzo de santo titular.
La Capilla Mayor, de testero plano, se cubre por una magnífica bóveda vaída de nervios de tipo “enjarjada. En el lado de la Epístola, la capilla del Sagrario, abierta en la cabecera, data de 1620 y se cubre con media naranja. Debió estar toda ella pintada, según se desprende de algunos restos. También próxima a ella, la capilla de Los Dolores, a modo de gran nicho formado por un arco de medio punto.
En época islámica Martos contaría con una alcazaba, que ocupó el antiguo solar del recinto fortificado ibero-romano, fechada entre los siglos XI y XIII y un hisn que ocuparía la cumbre La Peña, ambos construidos en tapial de argamasa sobre basamento de mampostería. Hasta la actualidad, apenas se han documentado vestigios de estas estructuras en algunos lienzos de muralla, en el actual núcleo urbano.
Será tras su cesión a la Orden de Calatrava por Fernando III, en 1228, cuando se erija el conjunto defensivo visible en la actualidad, ocupando dos áreas claramente diferenciadas: por un lado, el elevado macizo rocoso conocido como La Peña; y por otro, el amplio espolón o meseta sobre la que se asienta el primitivo núcleo urbano, en la ladera noroeste de la Peña. Ambos conjuntos, se unieron en la Baja Edad Media a través de varios lienzos de muralla, tras la profnda transformación de sus defensas llevada a cabo por la Orden.
Las reformas en las fortificaciones musulmanas trajeron consigo el revestimiento o la sustitución de las antiguas murallas por forros y lienzos de mampostería, a la vez que se añaden elementos defensivos como torres macizas de planta cuadrada y circular, antemurales, barbacanas, etc.
En la zona más elevada de un espolón rocoso, conocido como Cerro de la Villa, en la vertiente noroeste de La Peña, se ubicó la alcazaba, un recinto amurallado delimitado por una vaguada y erigido sobre los restos de la fortificación musulmana. Este conjunto amurallado, conocido popularmente con el nombre Fortaleza Baja o Castillo de la Villa, está compuesto por tres recintos.
Ocupando la parte central, la más elevada de la gran meseta, se construyó en la primera mitad del siglo XIII, una fortaleza de planta cuadrangular a la que pertenece la Torre del Homenaje, situada en el sector más occidental, tiene planta cuadrada y se organiza en cuatro niveles, con un aljibe en el inferior. Frente a ella, en el lienzo este del recinto fortificado, se ubicaba la puerta principal, protegida por la Torre de Almedina, de planta cuadrada y varias plantas, con un aljibe excavado en la base rocosa, bajo bóveda de cañón de ladrillo con una apertura cuadrangular a modo de brocal para extraer el agua.
A esta fortificación se le adosa por el oeste otro amplio recinto identificado como Plaza de Armas, mientras que, a partir de la segunda mitad del siglo XIII, se configura un tercer recinto defensivo en el extremo oriental de la meseta, como antesala de la antigua fortaleza. El conjunto fortificado se dotó de dependencias destinadas a caballerizas y almacenes, tahonas, lagares, bodegas, etc.
La fortaleza situada en la cumbre de La Peña, desde la que mantenía contacto visual con la mayor parte de las posesiones de la Orden, ocupa una amplia meseta, con una acusada inclinación de sur a norte, a la que se accedía a través de una angosta senda en la ladera sur. El recinto, que aprovecha las fuertes pendientes y la acusada orografía como elementos defensivos naturales, circunda toda la meseta, configurando una fortaleza de planta irregular reforzada por torres defensivas de plantas cuadradas y circulares.
Se accedía a su interior por una torre puerta, que daba paso a un amplio espacio abierto donde se edificaron dos grandes depósitos de agua, uno a modo de balsa y otro cubierto con bóvedas de arista de ladrillo, así como diversas dependencias. En la zona más elevada se construyó un alcázar de planta irregular, donde destaca una gran torre de Homenaje rectangular organizada en cuatro pisos, utilizándose probablemente el inferior como aljibe. Se aislaba del resto de la meseta mediante un amplio foso excavado en la base rocosa, que contaría con un antemural y una puerta dotada de puente levadizo.
Tras la conquista del reino nazarí de Granada estas fortificaciones apenas sufrieron transformaciones, principalmente la emplazada en la cumbre de la Peña, lo que aceleró su progresivo abandono y deterioro en el siglo XVI.
En el núcleo urbano de Martos y sus alrededores se han realizado hallazgos de una ocupación neolítica, relacionada con el proceso de sedentarización. El posterior desarrollo de una economía de producción a partir de finales del IV milenio a.n.e. condujo a un asentamiento de la Edad del Cobre, del que forman parte una serie de estructuras, de hábitat y de almacenaje, documentadas en la zona del Polideportivo.
Durante el periodo ibérico se introducirán importantes cambios en la estructura de poblamiento de esta zona, con la proliferación, entre los siglos V y IV a.n.e., de oppida o asentamientos fortificados, dispersos por el territorio de la antigua Tucci. El principal se encontraba en la actual población de Martos, sobre el Cerro de la Villa, cuya zona más elevada fue utilizada como su acrópolis.
En época romana, Augusto creó la Colonia Augusta Gemella entre los años 15 y 14 a.n.e., posiblemente en las inmediaciones de Martos, de ahí la existencia del cognomen de Gemella. Los hallazgos arqueológicos en su núcleo urbano evidencian la monumentalidad e importancia que tuvo la ciudad en época imperial romana, cuyo foro se situaría en el entorno de la iglesia de Santa Marta.
Entre los siglos V y VII, la población de Tucci quedó integrada dentro de la Provincia de la Bética, siendo ceca desde finales del siglo VI y durante el siglo VII, así como sede episcopal. A este momento pertenecerían los restos de una Basílica visigoda en la zona del Polideportivo, con enterramientos asociados a ella, junto a una calzada que discurría por la zona en dirección a la ciudad. En el centro urbano se halló un espectacular sarcófago paleocristiano del siglo IV que se exhibe en el Museo Provincial de Jaén.
La ubicación privilegiada de Martos, desde la que se podían controlar las rutas que conducían a Córdoba y Granada, le confirió durante toda la Alta Edad Media un alto valor estratégico que provocó que se disputasen su posesión los bandos enfrentados durante la fitna de finales del siglo IX. La urbe experimentó un notable desarrollo a lo largo del siglo IX, integrada en la Kura de Ŷayyān, convirtiéndose en uno de sus principales distritos administrativos (Iqlim de Martus). La crisis del Califato y el posterior avance de los ejércitos cristianos convirtieron las tierras del Alto Guadalquivir en un incesante campo de batalla con incursiones de desgaste de ambos bandos, lo que provocó la exhaustiva fortificación de las líneas fronterizas.
Esta zona de la Campiña fue conquistada por Fernando III en la primera mitad del siglo XIII (1224-1240). Las cesiones territoriales del monarca a la Orden de Calatrava por su colaboración durante las campañas militares, dieron lugar a la Encomienda Mayor de Martos, demarcación territorial situada en un sector fronterizo de vital importancia dada su proximidad a las tierras de Granada y Córdoba y a las principales vías de comunicación de la zona. La Orden de Calatrava llevó a cabo una intensa labor de fortificación, para controlar militar y administrativamente este amplio territorio fronterizo, conformando una sólida barrera defensiva-ofensiva.
Las fortalezas de Martos jugarían un importante papel, como baluarte fronterizo, en la expansión territorial emprendida por los ejércitos castellanos durante los siglos XIII y XIV. Posteriormente, en la segunda mitad del siglo XV, volvería a adquirir protagonismo, en el marco de las luchas nobiliarias del reinado de Enrique IV, que enfrentó a los partidarios del monarca castellano contra los seguidores de una coalición nobiliaria encabezada por Juan de Pacheco, Marqués de Villena y Pedro Girón, Maestre de Calatrava.
LEYENDAS
La leyenda de los Carvajales. Estando el Rey Fernando IV en tierras de Jaén sentenció a los hermanos Pedro y Juan de Carvajal, a quienes se acusaba de asesinar a don Juan de Benavides, familia con la que estaban enemistados, sin apenas escucharlos y dictaminando que fueran arrojados desde lo alto de la Peña de Martos dentro de una jaula con remaches afilados en su interior. Momentos antes de cumplirse la mortal sentencia los hermanos le increparon: No olvides estas palabras. “A Dios ponemos por testigo de que somos inocentes, mas quedas emplazado ante su Santo Tribunal en el plazo de un mes. Allí te esperaremos para que juzgue tu crimen”. Pasaron algunos días y el Rey cayó enfermo, hasta que inexplicablemente, un día amaneció totalmente curado y convencido de que todo había sido una casualidad. Ese día comió y bebió copiosamente, acostándose a dormir una siesta, de la que nunca despertó. Era el 7 de septiembre, el día en que se cumplía el plazo dado por los hermanos Carvajal, de ahí el nombre de Fernando IV El Emplazado.
La leyenda de doña Mencía de Haro. El alcaide de Martos, don Alvar Pérez de Castro, tuvo que ausentarse de sus tierras, dejando al mando a su sobrino, el joven don Tello, que aprovechó para hacer una cabalgada contra territorios árabes, llevándose a la mayoría de los hombres. Al-Ahmar, el emir de Arjona, quiso aprovechar esta coyuntura para atacar Martos al creerla desguarnecida.
La condesa Mencía de Haro, esposa de Alvar Pérez, se hizo cargo de la situación y disfrazando a las mujeres de soldados las desplegó por las murallas y torres del castillo de la Peña, haciendo creer a los atacantes que se encontraba bien defendido. En el momento en que don Tello supo lo que estaba ocurriendo regresó para levantar el cerco, haciendo que los musulmanes se batieran en retirada.
Martos se asienta al pie del promontorio rocoso de La Peña, hito estratégico que destaca en la Campiña Sur Giennense con sus 1003 m de altura. Ocupada desde la Prehistoria, en su núcleo urbano, sobre un espolón rocoso, se han superpuesto a lo largo de la historia fortificaciones de época ibérica, romana, islámica y bajomedieval cristiana. En el centro de la población se alzan las torres del Homenaje y de Almedina, que forman parte de los restos de la fortaleza del siglo XIII. Sobre la actual población, en la cima de La Peña, los restos del castillo de la Orden de Calatrava, un alcázar de planta irregular rodeado por un recinto amurallado, dominan la comarca.
Su evolución histórica comienza en la prehistoria, con un asentamiento de las Edades del Cobre y del Bronce. La Tucci ibérica y romana tuvo su principal núcleo de población en la actual localidad de Martos, manteniendo su importancia en el período visigodo, en el que llegó a ser sede episcopal y ceca para acuñar moneda. La relevancia de este emplazamiento continuará durante toda la Edad Media debido a su gran valor estratégico, siendo plaza codiciada por los bandos enfrentados durante la fitna de finales del siglo IX, los períodos de Taifas, o el avance de los ejércitos cristianos en el siglo XIII. Cabeza de la gran Encomienda creada por la Orden de Calatrava tras la conquista, se reforzó con un doble complejo fortificado, forzada por su carácter fronterizo y su participación en conflictos históricos como la expansión territorial de los ejércitos castellanos durante los siglos XIII y XIV, o las luchas nobiliarias de la segunda mitad del siglo XV.
24 h.
Visitas guiadas.
El Castillo de Alhabar, ocupa toda la meseta superior del farallón de la margen este del río. Era de pequeñas proporciones aunque de un porte más elevado que el castillo de Cambil, de planta rectangular y se adaptaba a la roca escarpada por dos de sus vertientes (norte y sur), frente a las cuales levantaba su muralla, en las fachadas este y oeste, de las cuales quedan restos de estructuras muy deterioradas.
En el espacio interior cabe destacar la existencia de dos niveles que fueron realzados por obra humana: uno central que hace las veces de alcazareño y otro periférico. La obra visible en el interior del castillo es de mampostería menuda y abundante mortero de yeso.
El acceso al castillo se realizaba por el oeste mediante una estrecha entrada precedida de una larguísima escalera, muy estrecha, parcialmente tallada en la roca, por lo que no era accesible para cabalgaduras. En este punto el espacio se cerraba con un muro de mampuesto.
El otro cerramiento murado, el del este, está muy restaurado para evitar desplomes. Cerca de este, en la cúspide amesetada en que el cerro parece que se nivela, hay indicios de una construcción rectangular, probablemente el único espacio habitable de Alhabar.
Actualmente se ha habilitado un mirador desde el castillo de Alhabar, desde donde se puede observar el campo de visión que se tenía en aquella época desde el castillo.
El Castillo Cambil, ocupaba toda la meseta superior, aproximadamente rectangular, del farallón rocoso de la margen oeste del río. Disponía de defensas naturales en tres de sus frentes, protegidos únicamente por un leve parapeto, debido a la naturaleza escarpada de la peña sobre la que se asentaba, tan solo el lado oeste tiene un desnivel escaso, de unos 4 o 5 metros, por lo que es en este lado donde tuvo algún tipo de fortificación y por donde se debía acceder al castillo.
El interior del castillo es bastante tosco, con mampostería menuda y mucho mortero de yeso. Se estructuraba en dos niveles: uno central a modo de alcazarejo, y otro periférico.
El alcazarejo se forma por una meseta sobrealzada que estuvo rodeada de parapetos y quizás nivelada con tierra. En el sector este se detecta una estructura ataulada que la apoya y realza, dos muros de mampuesto en ángulo recto con la esquina formada por una cadena de sillares muy estrechos y bien cortados.
El espacio interior del que podríamos llamar patio de armas, estuvo dividido en dos sectores longitudinales por medio de una divisoria de mampuestos en seco, hoy completamente derruida aunque sus piedras están in situ.
Los restos del hueco de la tranca, tallado sobre la roca viva, revela la entrada del castillo. En algunos sectores del castillo se encuentran bolaños de piedra, que, por su dispersión, pudieran ser restos del bombardeo realizado en 1485 por los Reyes Católicos.
Hoy día, aún se pueden observar restos de la muralla.
Cambil, situado en un gran valle al sur de Sierra Mágina, está rodeado de altas cumbres y escabrosos montes. Cambil tiene como vigía dos grandes peñas, murallones casi verticales de caliza marquesiana separadas por un tajo labrado por el río Villanueva, donde se situaron los castillos musulmanes de Cambil y Alhabar, cuyo origen se relaciona con la frontera del Reino Nazarí de Granada, en el año 1246. El castillo de Alhabar se encuentra enclavado en el farallón rocoso del mismo nombre situado al este del río, mientras que el castillo de Cambil ocupa toda la meseta aproximadamente rectangular del peñasco del mismo nombre, al oeste del río.
El castillo de Arjonilla está formado por una torre de planta cuadrangular de sillarejo, de 17 m de altura, estructurada en tres plantas abovedadas, más terraza dotada de merlatura y almenas; conserva el tramo de escalera que comunica la segunda planta con la terraza, que se encuentra embutida en el muro noroeste. El torreón fue objeto de transformaciones internas, entre las que habría que destacar la demolición del lienzo original para articular una entrada en recodo al interior de la fortaleza, con arco apuntado de ladrillo. Se añadieron también las escaleras adosadas al muro sureste que comunican las plantas 2ª y 3ª, cegando parcialmente una puerta.
A esta torre se adosó un recinto amurallado de tendencia cuadrangular, que en su flanco norte se adelanta para unirse a la torre, dando lugar a un polígono de siete lados. Sus ángulos estarían protegidos por torres de planta circular, de las que se conserva la de su extremo noreste. Las murallas contarían con caminos de ronda almenados a los que se accedería a través de rampas.
En el interior del recinto se ha documentado un posible torreón, se trata de una estructura de planta cuadrangular de 12 x 12 m, con adosamientos y refuerzos en su lado oeste, de la que sólo se conservan los cimientos. Este basamento ha sido relacionado con la cimentación de su Torre del Homenaje, que para algunos autores pudo resultar de la habilitación de la antigua torre de alquería para estos fines. Estudios futuros deberán determinar si su origen es anterior o posterior a la actual fortaleza.
La fortificación continuará ocupada una vez perdida su función militar, erigiéndose edificios que han dejado vestigios en su interior. En un primer momento, probablemente a mediados del siglo XVI, sería utilizado como lugar de enterramiento, ya que se han hallado numerosos osarios construidos en ladrillo y excavados en la base geológica.
A esta necrópolis se superponen dos grandes edificios rectangulares que apoyan en el muro sureste de la fortificación. El resto de muros, en los que se abren estrechas puertas, fueron levantados con pequeñas piedras mezcladas con barro. Parecen datar de los siglos XVI y XVII.
Posteriormente se construyeron otras dependencias de funcionalidad desconocida, compartimentadas mediante muros de piedra y cal y canto o de ladrillo. Revocadas de yeso blanco, en las paredes se abren vanos con pilares para soportar arcadas de ladrillo. Entre estas estructuras existiría un espacio abierto o patio con un empedrado de cantos de río.
Pero la transformación más agresiva se corresponde con la demolición del muro sur del recinto para comunicar la fortaleza con un edificio residencial nobiliario, que contaría con una instalación industrial, concretamente una almazara para la obtención de aceite de oliva. La instalación de canales de ladrillo atravesando los edificios y dependencias anteriores, quizá relacionados con el nuevo uso industrial que adquiere la fortificación, indica que todos ellos se encontraban ya en desuso o demolidos.
Finalmente, el recinto formaría parte de un antiguo grupo escolar y de un antiguo cuartel de la Guardia Civil.
La aparición de dos sarcófagos visigodos en las inmediaciones de Arjonilla, en el paraje popularmente conocido como Las Herrerías o cortijo del Mono (uno de ellos integrado en el altar de la Parroquia de la Encarnación y el otro expuesto en el Museo Provincial de Jaén), y de una lápida funeraria de mediados del s. VII que actualmente se encuentra desaparecida, apuntan a la existencia de un lugar de culto cristiano junto a una necrópolis de cierta importancia. La población de este asentamiento visigodo, cercano a Arjonilla, podría haberse visto mermada por la inestabilidad causada por los enfrentamientos entre la aristocracia local y los musulmanes recién llegados, y haber abandonado el lugar huyendo a cotas más elevadas o a lugares fortificados.
Arjonilla no aparece citada en las fuentes escritas islámicas, lo que sumado a la ausencia de un registro arqueológico parece indicar que debió ser un emplazamiento rural de relativa importancia. El origen de Arjonilla pudo estar en una pequeña alquería, ocupada entre los siglos VIII-XI, supeditada a Aryûna (Arjona), en la cual, a partir del s. XI con el surgimiento de los diferentes reinos de taifas y las invasiones almorávides y almohades, ante la necesidad de defender a su población de las agresiones externas, pudo reforzarse con la construcción de una primera fortificación, la cual pudo materializarse con la edificación de una torre de alquería, o bien cercar la población con un sencillo recinto de muralla.
La conquista castellana de este territorio se produjo en 1244, lo que nos hace suponer que temporalmente se integraría en el Concejo de Arjona. No obstante, en 1282, Sancho IV concede el lugar de Arjonilla al arcediano de Úbeda, Gonzalo Pérez, separándola administrativamente de Arjona, aunque en 1331 fue vendida de nuevo a Arjona. En 1397 se encontraba dentro de las posesiones de Ruy López Dávalos. Sin embargo, en los documentos referentes a todos estos hechos no queda constancia de la existencia de una fortificación en esta población. El primer documento con una referencia a la misma, fue emitido durante el reinado de Juan II, en el que se exige a la Orden de Calatrava morar y reconstruir el Castillo de Arjonilla. Estos datos corroboran la permuta que el monarca castellano efectuó en 1434 con la Orden Militar de Calatrava, al cambiar los poblados de Maqueda, San Silvestre y Colmenar por Arjona, Arjonilla, La Figuera, Recena y ¾ partes de Jimena, poblaciones que a partir de este momento se integrarían en el gran señorío que esta institución ha consolidado en el sector suroccidental del antiguo reino de Jaén. En 1553 el emperador Carlos I le concedería el título de Villa.
Todos estos datos apuntan a que la fortaleza debió ser ampliada y reestructurada entre finales del siglo XIII y principios del XIV, principalmente a partir del momento en que Arjonilla se integró en los dominios calatravos.
Entre los siglos XVI y XVII, la existencia de la ermita de Santa Catalina en el interior del recinto parece estar relacionada con su uso como necrópolis. No descartándose la posibilidad de que esta, también pudiera corresponderse con el espacio de culto erigido por los calatravos en el interior de la fortaleza. El castillo continuó en uso, ya desprovisto de su función defensiva, sufriendo profundas transformaciones, sobre todo tras el siglo XVII cuando se incorpora a la casa del Marqués de la Merced.
LEYENDAS
Macías el enamorado. Macías paje del marqués de Villena y Doña Elvira, dama de la marquesa, se enamoraron manteniéndolo durante un tiempo sus amores en secreto, hasta que, en ausencia del joven, su señor caso a Doña Elvira con Hernán Pérez de Vadillo, marqués de Porcuna. Enloquecido, Macías comenzó a cantar su pena rondando la casa de Doña Elvira. Su marido, celoso, lo denunció ante el marqués, quien ordenó encarcelarlo en la torre del castillo de Arjonilla.
Pero el trovador continuó cantado y sus cánticos se extendieron por la ciudad llegando a oídos del marqués de Porcuna que, loco de ira le lanzó un venablo a través de la ventana de su celda. Macías cayó herido de muerte. Se le enterró en la iglesia de Santa Catalina de Arjonilla y en su losa se podía leer “aquí yace Macías el Enamorado”. Se dice que todavía hoy se puede ver una figura femenina vestida de blanco deslizarse por las murallas del castillo hasta llegar a la mazmorra donde pereció Macías.
Arjonilla se ubica en la Campiña Occidental del Alto Guadalquivir, en una zona de escaso relieve y flanqueada por arroyos. Su castillo, de estructura y configuración cristiana, pudo tener su origen en una antigua fortificación islámica, probablemente almohade. Esta fortaleza se estructura en un recinto amurallado que conserva dos torres: un torreón circular esquinero y una torre de planta cuadrangular de 17 m de altura, estructurada en tres plantas abovedadas, que remata en una terraza almenada y en la que se abre el acceso al interior de la fortaleza. Dentro del recinto se conservan diferentes vestigios, entre los que destacaría el basamento de un posible torreón, que ha sido identificado con los restos de la Torre del Homenaje, así como las cimentaciones de diversos edificios, junto a los pasillos que articulaban los diferentes espacios habilitados en el interior de la fortaleza.
La Campiña del Alto Guadalquivir se caracterizó por un poblamiento rural disperso articulado en torno a villas romanas y las posteriores alquerías islámicas. Aunque en las inmediaciones de Arjonilla debió existir un asentamiento visigodo, su origen debemos relacionarlo con uno de esos pequeños asentamientos rurales islámicos, surgidos entre los siglos VIII-XI. Supeditado a madinat Aryûna (Arjona), sus primeros elementos defensivos datarían de época almohade, con toda probabilidad una torre de alquería, pero será tras la conquista castellana, en torno a 1244, será cuando se edifique la fortaleza que ha llegado hasta nuestros días. En esta fortificación sitúa la tradición el escenario de la prisión y muerte de Macías el Enamorado, cuyos amores inspiraron obras de Lope de Vega, “Porfiar hasta morir” y Mariano José de Larra, “El doncel de Don Enrique el Doliente”.
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El castillo se alza sobre un espolón rocoso que apenas supera los 400 m de altitud, situado en la ladera sureste del cerro de San Antón (434,77 m). La fortificación original, de época islámica, se limitaría a un sencillo recinto erigido con una cimentación de mampostería irregular, que se adapta a la propia orografía, sobre el que se alzaban paños de tapial de argamasa. Una fortaleza que tenía como misión el control de un importante cruce de caminos, a la vez que serviría como lugar de refugio para las comunidades campesinas de su entorno.
Tras la conquista castellana, esta construcción sufrió una profunda remodelación, erigiéndose una fortaleza en mampostería irregular rejuntada con mortero de cal y arena y sillares reforzando las esquinas, dotada de nuevos elementos defensivos. La primera referencia textual sobre este castillo se remontaría a 1251. Aún se conserva parte de sus adarves, y la coronación con aspilleras y almenas con remate piramidal, que tuvieron murallas y torres; así como restos de tres matacanes, sostenidos por ménsulas de piedra, visibles el lienzo norte. La orografía del terreno sobre el que se cimenta condicionó su trazado, construyéndose en su interior un muro adosado a las torres sur y norte, con el que se crea un doble recinto:
- Recinto superior: casi llano y de tendencia triangular, remata sus vértices con tres torres. La torre norte, la única rectangular, tiene acceso desde el adarve del lienzo oeste a una estancia con bóveda de medio cañón de yeso. La torre sur, circular y con una sola estancia, tiene también acceso elevado, aunque en este caso se alcanza a través de los afloramientos rocosos que caracterizan el flanco sureste de la fortaleza. Finalmente, la torre oeste, de planta circular, tiene dos plantas con sendas estancias. La baja, a la que se accede desde el patio de armas, se destinaría a almacenaje, mientras que la superior, conectada con los adarves de las murallas, estaría relacionada con la vigilancia. Las cámaras de estas dos torres se cubren con bóvedas semiesféricas de ladrillo. Este recinto albergaba dependencias destinadas a funciones propias de la vida cotidiana de la guarnición (cocina, dormitorio, sala, almacén ...).
- Recinto inferior: delimitado por una muralla de trazado en cremallera, sin torres, que se adapta a la formación rocosa, es un espacio con fuerte pendiente en dirección este. El lienzo norte acogía la entrada, protegida por un refuerzo a modo de contrafuerte y acceso en rampa.
Ante el estado de ruina y abandono en que se encontraba, se han llevado a cabo trabajos de consolidación de urgencia.
Al tratarse de una comarca de la Campiña por la que discurren importantes vías de comunicación, han proliferado los asentamientos a lo largo de la Historia. En época ibérica (siglos VII y VI a C) se edificaron poblados fortificados (oppida), como los de Cerro Villargordo, el Torrejón o Cerro Miguelico, una organización espacial mantenida en un principio por los romanos. En época imperial (siglos I-III) la zona se pobló de explotaciones agropecuarias (villae) de las que se conservan vestigios en La Divina, La Muña, San Antón, Casa Fuerte o El Castil.
En el período islámico los antiguos caminos se convirtieron en importantes vías de comunicación entre las ciudades de Yayyan (Jaén), Martus (Martos) y Aryuna (Arjona). Su carácter de tierra fronteriza estimuló la construcción de pequeñas fortalezas rurales que controlaban puntos estratégicos de estas arterias de comunicación, actuando también como lugar de refugio para las poblaciones del entorno. El castillo del Berrueco, fue uno de los principales baluartes que controlaban el acceso a Jaén, formando parte de un vasto sistema de torres y atalayas (Castillo del Término, Castillo de La Muña, Torre Olvidada, Casa Fuerte, El Castil de La Peña, La Aldehuela, Las Torrecillas, Fuerte del Rey, Torredelcampo, etc. ...).
Tras la conquista castellana de la comarca, el Berrueco perteneció al Concejo de Jaén. La Campiña conservó su valor estratégico fronterizo, frente al reino nazarí de Granada, lo que propició una reestructuración de las defensas del alfoz de Jaén.
Durante el siglo XV, las luchas y conflictos que caracterizaron el final del reinado de Enrique IV mantuvieron la inestabilidad en la zona. El Condestable de Castilla, Miguel Lucas de Iranzo, tomó partido por el rey, mientras que Martos, bajo el dominio de la Orden de Calatrava, militó en el bando rebelde. El castillo del Berrueco, a pesar de haber reforzado sus defensas, cayó en manos del Maestre Pedro Girón, hasta que volvió a la jurisdicción del Concejo de Jaén en 1466, tras la muerte del Maestre, adquiriendo mayor protagonismo en el conflicto al ocupar los rebeldes Torredelcampo y Fuerte del Rey, hasta el fin de las hostilidades.
A partir de este momento el castillo va perdiendo su función militar, mientras que la aldea que existía junto él, dotada de dehesa y fuente pública, inicia su despoblamiento hasta que en el siglo XVI se reduzca a una simple cortijada. Mantuvo alguna población hasta mediados del siglo XX, cuando alcanzaría un efímero esplendor que conllevó la restauración de la antigua ermita de San Antón y la edificación de una pequeña escuela, hoy en ruinas.
LEYENDAS
Una crónica medieval cuenta que Don Pedro Girón, maestre de Calatrava, pretendió la mano de la infanta de Castilla, la futura Isabel la Católica, cuando todavía era una adolescente. El rey Enrique IV, hermanastro de la infanta, aprobó el casamiento, aunque Pedro doblaba en edad a Isabel. Cuando el de Girón acudía a la boda, con su séquito, vino a pernoctar al castillo del Berrueco. Aquella noche una gran bandada de cigüeñas estuvo largo rato sobrevolando la fortaleza en círculos para después proseguir su viaje en dirección a Castilla. Los agoreros pensaron que era un mal presagio. Cuando amaneció, la comitiva continuó el viaje y a los pocos días acampó en Villarrubia, cerca de Ciudad Real, donde D. Pedro se retiró a dormir después de cenar; por la mañana lo encontraron muerto, “de esquiecencia”, según dice la crónica.
El castillo del Berrueco es un castillo rural de origen islámico, aunque profundamente reformado por los castellanos tras su conquista. Su planta rectangular se adapta a un promontorio rocoso con fuerte pendiente en dirección este. Esta orografía determina su división en dos recintos: uno superior, casi llano y de tendencia triangular, con tres torres que refuerzan sus ángulos; y otro inferior con una fuerte pendiente, rodeado por una muralla de trazado irregular que se adapta a la formación rocosa y que carece de torres.
En la Edad Media fue uno de los principales baluartes en la defensa de Jaén, formando parte de un vasto sistema de torres y atalayas del Concejo de Jaén que controlaban puntos estratégicos de comunicación y sirvieron de refugio para los campesinos. Los conflictos nobiliarios del siglo XV lo convirtieron en un protagonista esencial en el bando de Enrique IV, bajo el mandato del Condestable Miguel Lucas de Iranzo.
24 h.
El primitivo emplazamiento de Torres de Albanchez estaba en un montículo próximo, defendido por el castillo de Yedra, ya derruido, pero del que se conservan algunos vestigios: restos de muros de mampostería, estructuras defensivas y aljibes, excavados en la misma roca. Se calcula que sus orígenes pueden estar en una comunidad hispana visigoda entre los siglos V y VII, que tras abandonar las vegas del Guadalimar se asentaron en este enclave estratégico. Fue conquistado por las tropas de Fernando III el Santo en 1235, quien se lo concedió a la Orden Militar de Santiago, que promovió la construcción de un nuevo asentamiento en el lugar actual menos abrupto. El castillo de Yedra fue declarado Bien de Interés Cultural en 1985.
24 h.
El conjunto fortificado de Vilches estaba formado por un recinto amurallado exterior y un alcázar edificado en su interior, ocupando un amplio afloramiento rocoso. El recinto externo se construyó originalmente en tapial de argamasa sobre una cimentación de mampostería, siendo reforzado en época cristiana con un revestimiento de mampostería irregular trabada con argamasa. Se identifica como una estructura en cremallera, es decir, con quiebros en zigzag, adaptada a la orografía del terreno, y jalonada por torres de planta cuadrada situadas en puntos estratégicos, y una torre-puerta de planta en D, la cual facilitaba el acceso al interior del conjunto. En época cristiana se reforzaría con nuevos elementos, entre ellos un alcázar, de planta poligonal, fue edificado en mampostería irregular unida con mortero de cal y arena. Incorpora una torre de mayores dimensiones en la parte este, identificada como la Torre del Homenaje, presenta esquinas redondeadas. Al interior del alcázar se accedería por una entrada en recodo situada en su lateral sur. Posiblemente las esquinas de la fortaleza estuvieron rematadas por torres circulares macizas, de las que se conserva una y parte de una segunda, hoy desplazada de su posición. Estos elementos le permitían aumentar su eficacia defensiva frente al desarrollo de la artillería y armas de fuego. Los restos del alcázar nos han llegado muy alterados por su transformación en la ermita de la Virgen del Castillo.
Dentro de este primer recinto amurallado, se conservan una serie de estructuras, de épocas precedentes, las cuales fueron reutilizadas durante la Edad Media, entre las que destaca un aljibe, que pudo ser construido en época ibero-romana, de aproximadamente 9 metros de profundidad, realizado en opus caementicium y revestido en su interior con opus signinum. También a estos momentos, podemos atribuir dos estructuras de planta regular, que también fueron construidas con opus caementicium, ubicadas en el centro y el extremo este de la meseta, cuya función desconocemos. Junto a ello, tras la conquista cristiana, se construyen nuevos elementos en el interior de la fortificación, es el caso de una pequeña iglesia, que pudo ocupar el solar de una antigua mezquita, bajo la advocación del apóstol Santiago. Un edificio, actualmente en ruina, que fue ampliamente modificado al adaptarse sus estructuras como cortijo o nave de aperos, posiblemente relacionado con la explotación del olivar que ocupa toda la meseta.
A extramuros se conservan, aún en uso, una serie de elementos de hábitat rupestre, se trata de cuevas excavadas en la ladera que se habilitaron como estructuras de habitación en época tardorromana o altomedieval, muchas de ellas ubicadas bajo el lienzo amurallado sur, que han permanecido habitadas hasta la actualidad.
Las investigaciones arqueológicas desarrolladas en el cerro del castillo de Vilches han registrado indicios de ocupación de épocas neolítica, iberoromana y tardorromana, periodos en los que pudo originarse a sus estructuras de fortificación, pudiendo ser reutilizadas por aquellas otras erigidas durante la Edad Media.
Con la llegada de los musulmanes al municipio se convirtió en un pequeño núcleo amurallado, que era conocido como Hisn Bily o Baly, siendo utilizado como lugar de refugio de diversas comunidades campesinas que habitaban en asentamientos rurales de su entorno, y que en momentos de inestabilidad política abandonan sus residencias habituales para instalarse en el interior de la meseta buscando la seguridad de sus murallas. La población islámica de Vilches, a la que aluden los cronistas musulmanes, fue testigo del conflicto sucesorio protagonizado por el futuro emir Hisam y su hermano mayor Sulayman Abu Ayyub, que era gobernador de la Kura de Toledo, enfrentándose sus ejércitos en las inmediaciones de Bily. Asimismo, de este territorio se adueñaría, a finales del siglo IX, el rebelde muladí ‘Ubayd Allah ibn Umayya ibn al-Saliya, que controló un amplio territorio con más de 100 husun y aldeas denominado Sumuntan, que ha sido identificado con la Sierra de Segura.
Entre los siglos XI y XII, los numerosos conflictos que estallaron en al-Ándalus tras la desmembración del Califato, a los que se sumaría el avance castellano hacia Sierra Morena, desembocó en una frenética actividad fortificadora, de la que no fue ajena, la población de Vilches, que reforzaría y ampliaría sus defensas. Pero estas obras no pudieron impedir que una colación de reyes cristianos, bajo la dirección de Alfonso VIII de Castilla, tras derrotar al ejército del Califa almohade, Abu ‘Abd Allah al-Nasir, en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), conquistaran Vilches junto a otros castillos de Sierra Morena, como Castro Ferral, Navas y Baños de la Encina.
Será en estos momentos cuando se readapte el primer recinto amurallado del hisn islámico, y se construya un nuevo elemento defensivo, el alcázar, que ocuparía la cota de mayor altitud del cerro. El aumento de población generará una necesidad de expansión, configurándose su actual emplazamiento en la ladera suroeste del cerro.
Según algunos autores, esta población fue entregada tras su conquista al noble castellano García Pérez de Vilches, pero poco después Fernando III la integrará, como aldea, en el territorio asignado a la Comunidad de Villa y Tierra de Baeza, tal y como dejó constancia el monarca castellano en las cédulas de concesión emitidas en 1231 y 1233, donde se registra la concesión a Baeza varios castillos, entre los que se encontraba el de Vilches.
Posteriormente, en 1272 por orden del rey Alfonso X, esta aldea lograría alcanzar protagonismo y cierta “autonomía” con respecto a la ciudad de Baeza, al ser considerada como un núcleo dotado de un “termino privativo” o “concejo de aldeas”, privilegio que también lograrían las aldeas de Baños y Linares.
En 1627, durante el reinado de Felipe IV, Vilches alcanzó su independencia jurisdiccional, segregándose definitivamente del Concejo de Baeza, alcanzando el rango de Villa.
En el Cerro de la Virgen, una elevación amesetada a 602 m. sobre el nivel del mar, con una estratégica posición en altura y una enorme capacidad defensiva, se levanta actualmente una ermita de grandes dimensiones, dedicada a la Virgen del Castillo, patrona de la localidad. Este templo ha reutilizado los restos emergentes del alcázar cristiano de Vilches, y del que aún se conserva parte de su torre del homenaje con sus esquinas redondeadas, así como dos torres circulares, una de ellas in situ, y otra que se ha desplazado por la ladera y a la que los lugareños denominan cariñosamente como “el niño dormido”. Estos elementos del Conjunto Fortificado de Vilches, se completan con paños de muralla de mampostería y una torre-puerta, que defendía y facilitaba el acceso al interior de esta amplia fortaleza.
En el cerro del castillo de Vilches se han hallado indicios que apuntan una ocupación ininterrumpida desde época prehistórica hasta la actualidad. En la Edad Media conformó una población amurallada (Hisn Bily), en un enclave que, por su acusada orografía y sus estructuras de fortificación, fue utilizado como lugar de refugio de diversas comunidades campesinas que habitaban en las alquerías cercanas. Pero será con el avance de los ejércitos cristianos cuando Vilches adquiera importancia como enclave estratégico por su cercanía a los pasos naturales de Sierra Morena. Esta importante ubicación espacial determinó que fuese uno de los primeros lugares conquistados tras la Batalla de las Navas de Tolosa, pasando a depender jurisdiccionalmente de Baeza, de la que se segrega definitivamente en 1627, al conseguir el rango de Villa.
24 h.
Visita guiada con cita previa